miércoles, 31 de marzo de 2010

UNA BUENA IDEA (Primera parte)

Una disculpa por la tardanza, ya tenía preparado un apasionado artículo sobre la reproducción de los Pepinos Marinos, pero eventos recientes provocaron un cambio en mi estado habitual de felicidad semi-consciente (también conocido como estar en la pendeja). Ahora lo que está de moda en mi cuerpo es una sensación incómoda, no diría que me siento desgraciado, pero diré que se dejan sentir las punzadas; bueno, punzadas no es la expresión correcta, más bien describiría mi estado como una mezcla entre no saber donde carajos se encuentra mi Mesías y tener un ojo de pescado especialmente grande y picante en el mero centro de la planta del pie, a eso súmenle un poco de empacho y ya tienen el cuadro completo. Debido a eso, en vez de pepinos marinos tendrán algo aún más interesante, que además se encuentra más en sintonía con la temporada, antes deberán saber que no fue fácil concebir la idea, primero tuve que tomar tres tazas de café bien cargado seguidas de un vaso con agua, para luego tomar otras tres tazas de café y orinar durante media hora, después me senté a esperar la inspiración, llegó al poco rato, pero inmediatamente se marcho, ofendida porque no me puse de pie cuando entró. Me resigne y mejor me puse a escribir ideas como imbécil, cosa que por alguna razón me salió muy bien, ya pasado un buen rato, cuando me dio el primer calambre en el meñique, me di cuenta que entre  todo lo tecleado sólo había dos buenas ideas; una era preparar más café, la otra era hacerle una entrevista a Dios (¿o se escribe dios?).
No hagan muecas, no cambien de página, aguanten un segundo que la pornografía no se va ir a ningún lado; huele a pendejada, ya lo sé. Sólo déjenme explicar.
Al principio también me pareció  una idiotez marca Forrest,  de hecho me lo dije: “Compita (así me digo yo), es una mamada tu idea, mejor toma más café”  Pero no dejé que mi ser me desanimara, estaba seguro que había que hacerlo, de hecho no tenía nada mejor que hacer porque eran las cuatro de la mañana, era eso o dormir un poco, pero con eso del café, pues ustedes ya saben.
El primer obstáculo fue ¿Cómo lo contacto? Ese tal Dios (¿o dios?) es muy escurridizo a pesar de ser tan grandote, tiene todo el universo para esconderse, tiene recursos y hay quién dice que puede ver todo y eso en el mejor de los casos; por otro lado puede que no exista para nada, y cualquier estudiante de periodismo les dirá que lo complicado que es entrevista a alguien que no existe, pero valía la pena intentarlo, como no.
Primero pensé en llegar a Él por la vía espiritual, pero hoy en día las vías espirituales cuestan mucho dinero; la opción de hacerlo aparecer con peyotazos parecía más razonable, pero no encontré ningún gurú ni chamán, ni brujo, ni siquiera un hippie, al parecer todos se fueron  a un congreso en Shangri-La o una cosa así, ni modo; parecía que mi última opción era irme a un cerro a meditar encuerado, ya me estaba quitando los pantalones cuando me llegó la revelación, como pasa en muchas vidas, la respuesta estuvo frente a mis ojos todo el tiempo: Google. No tuve que hacer más que googlear y sentirme con suerte.
La página a la que llegué era muy confusa, montones de spams llenaron mi pantalla, la mayoría en idiomas que no entiendo y en tipos de letra que no he visto en ninguna computadora, los pocos que lograba entender eran bastante agresivos, me amenazaban con condenación eterna, sufrimiento perpetuo y burós de crédito. Me abrí paso entre ellos sabrá dios como e hice click en CONTACTAR.
 No era muy complicado, resultó que para hablar con Él sólo tenía que llevar dos copias de una identificación oficial (credencial de elector, pasaporte, etc.), un comprobante de domicilio y mi alma (o bien el alma de otra persona con una carta-poder firmada por el dueño de la misma) pagar siete pesos de derechos de no se qué e ir  a la oficina más cercana a mi localidad, que en mi caso, es una ubicada a unas cuantas cuadras de Metro Pantitlán. Nada del otro mundo.
Me encaminé entonces con libreta en mano y pluma sobre la oreja a recorrer el trayecto en Metro, donde nada notable paso, salvo que me compré unas pastillas de menta que aún no salen a la venta.
Saliendo de la estación no fue difícil llegar, se me ocurrió que era una mano invisible la que me había guiado por buen camino, pero un hervor en la sangre me reveló que simplemente había seguido a una señorita de cabuz notable hasta con la puerta de pura casualidad, no le dí mucha importancia al asunto y me encogí de hombros, cosa notable porque yo nunca me encojo de hombros, normalmente digo "meh" o a veces "mah" o "bah" si me siento retro, esto lo digo para que se den cuenta de lo extraño que estaba siendo mi día; cuando entré me llevé otra sorpresa, sorpresa porque entre a un edificio muy común, están de acuerdo en que cuando uno va hacer una cita para hablar con un Caca Grande, pues se espera algo con más lujo, más místico al menos, pero no, todo se veía igual que cuando fui a tramitar mi licencia de manejo, incluso el gordo comiendose una torta en el mostrador parecía ser el mismo; me volví a encoger de hombros (orale) y le entregué mis documentos al gordo, qué me dió mi turno en una tira de papel manchada de chipotle. Fui a sentarme en el único asiento libre que había, entonce me di cuenta que no me encontraba en un lugar tan común, todos los que estaban sentados eran gente rara, por ejemplo, el que  se encontraba a mi izquierda era un señor con la piel color azul cielo, en ese momento estaba viendo muy feo a la señora de enfrente, que tenía la piel color azul marino; otro sujeto, sentado enfrente mió, tenía escamas en toda la cara; yo me porté muy discreto, recordé que siendo más joven, nunca me gustó que la gente viera mi cara llena de acné, supuse que con escamas la cosa sería mucho peor. Lo mejor era esperar mi turno, miré la tira y pegué un brinco que casi tira al cariazul de junto, el número que me tocaba era larguísimo, era tan largo que ni siquiera había terminado de leerlo cuando ya me habían pasado, tuve que ir a pedir otro, y me volvió a pasar lo mismo, asi que tuve que ir por otro, me pasó de nuevo, estuve así como por una eternidad hasta que me harté y, molesto, le dije al gordo del mostrador "¿Qué no pueden empezar desde cero?"  Me miró como si acabara de preguntarle  si el Golfo de México era una persona, me dijo con desgano "Tenemos primero que acabarnos esté rollo joven". No entendí un carajo. Me quedé pegado al escritorio incomodando al maldito gordo, hasta que me arrebato la tira de las manos y me dejó pasar.

Esto sigue, pero después.
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